Sobre la destitución subjetiva[1
El término “destitución subjetiva” aparece por primera vez en Lacan el 9 de octubre de 1967, en la intervención que debía ser reconocida après coup como teniendo un alcance performativo para la Proposición[2]. En principio destaco cuatro puntos que hacen a los entornos de este surgimiento:
- Es correlativo con un descarte definitivo de la intersubjetividad; lo “definitivo” se atiene a la observación de que la transferencia la refuta.
- La destitución subjetiva del lado del analizante, al final del recorrido, es un punto de ubicación que sobreviene a la par que el “des-ser” [“désêtre”] del lado del psicoanalista, en ese mismo punto de cierre.
- Finalmente, last but not least, la destitución subjetiva surge ahí como un golpe teatral inesperado, como una formulación chocante; opuesta a cierta tendencia donde se enuncia qué puede esperarse de un psicoanálisis.
Notemos que Lacan introduce esta “destitución subjetiva” sin proporcionar inmediatamente una definición de la misma. Tal vez sea como si el nombre de la cosa dijera, por sí solo, su sentido; tal vez se trate para Lacan de contar con esta nominación en sí misma y, de este modo, dejar flotar su sentido; o tal vez Lacan nos esté señalando, con esta ausencia de definición explícita, el hecho de que se trata de algo de lo cual es imposible hablar uno solo (como lo dirá en su seminario del 21 de febrero de 1968[5]).Aunque no definida, la destitución subjetiva es sin embargo localizada, ubicada. Es “el gran chitón”[6] (2ª versión)[7] y, en tanto tal, el soporte de la suficiencia y de la beatitud cuando al secreto se agrega el olvido. De ahí el golpe teatral: basta con proferir la palabra para que a nivel de la enunciación esta proferación tenga el valor de un “a calzón quitado”. Lo que era un secreto es ahora formulado y de una manera tal que eso se va a saber inclusive en el exterior. Lacan no juega el juego de la corporación: ahuyentará a los clientes en la medida en que éstos se enterarán de lo que les espera al comprar su boleto de entrada. Hay, por otro lado, este mismo movimiento el 12 de abril de 1967 a propósito de la introducción de “no hay acto sexual”. Ahí también el decir del analista pone en juego explícitamente el que haya o no haya clientes.Este golpe teatral, este forzamiento, es un modo de responder, e incluso de tratar, una forclusión. Esta palabra no aparece en las dos versiones de la Proposición, sin embargo hay en cada una, aunque de un modo diferenciado, una referencia explícita al “veredicto lacaniano”. En la primera versión esta referencia juega a nivel de la relación analizante/analista en el tiempo del pase: el des-ser [désêtre] del lado del analista, habiéndolo sido, la captura del analista en la perforación de a, es retorno, en el real, del eclipse del saber en la destitución subjetiva del lado del analizante. En la segunda versión, la forclusión concierne a la comunidad analítica: su destino de maldición es lo que le regresa en el real, como retorno de la interdicción (mal-dición/inter-dicción) que ella dirige sobre lo que se impone del ser del analista al final de la partida. Como vemos, de una a la otra de las dos escrituras de la Proposición el acento se desplaza sobre el hecho de que “todo el ordenamiento de lo que se hace y existe en el psicoanálisis está hecho para que esta exploración, esta interrogación [del didáctico] no tenga lugar” (seminario del 21 de enero de 1968). Así, esta destitución subjetiva no definida queda en cambio doblemente situada: sociológicamente como el gran chitón, y en la práctica de aquéllos que, con Lacan, se comprometen a poner las cartas sobre la mesa, como lo que espera al sujeto que emprende un análisis. La cuestión de la “clientela” es interesante porque lleva a Lacan a definir como inocente a aquél que inicia un análisis; él precisa entre las dos versiones la figura de este inocente: aquél que no tiene ley más que su deseo. Éste – dice - no se detendrá al saber que le espera la destitución subjetiva. “Inocente” se opone a “advertido”. Que el inocente sepa cómo nosotros situamos el final del análisis no lo hace menos inocente. El advertido, en este asunto, es el psicoanalista. Él está verdaderamente advertido por eso que lo califica como psicoanalista, a saber, su propio análisis. ¿Advertido de qué y cómo? Advertido de su división de sujeto; y por el sesgo del análisis en tanto lo ha conducido hasta ese punto de destitución subjetiva. En L’acte psychanalytique[8], Lacan da esta indicación: el analizante obtiene como resultado de su análisis el volverse un sujeto advertido. La verdad del refrán según el cual “un hombre advertido vale por dos” sería ésta: un hombre advertido habrá valido el objeto que causa su división de sujeto. Estar advertido no es “estar prevenido”, sino “haber realizado”. El psicoanálisis es una vía de la realización del sujeto como sujeto dividido. No es que al final el sujeto sepa que está dividido. No se trata del sujeto del conocimiento. El sujeto está advertido en tanto su división es realizada. Hay equivalencia estricta entre “sujeto advertido” y “sujeto dividido”, porque la advertencia no es una determinación del sujeto. Estar dividido no califica al sujeto a pesar de lo que sugiere la gramática, es el sujeto mismo. La tesis lacaniana es entonces la siguiente: la instauración del sujeto como tal consiste en su destitución. Se entiende que ella pueda chocar, e incluso ser objeto de escándalo. Esta tesis tiene el cariz de una paradoja. Siguen otras aseveraciones que tienen este mismo cariz, y por lo tanto, este mismo aspecto de escándalo. Primero, ésta: la destitución subjetiva espera a cualquier sujeto analizante al final de su recorrido. Es decir, que ella se ubica como lugar común. La “promesa” es la misma sino para todos al menos para cada uno, aún si las vías para acceder a ella siguen siendo singulares. Francis Dupré retomó un señalamiento de Ponge acerca del devenir que espera al hallazgo poético, hasta hacer de este señalamiento la base de un abordaje de la locura: “Fallece en los lugares comunes –dice el poeta dirigiéndose al hallazgo, el suyo incluido– tú estás hecho para ellos”[9]. Observemos aquí que este lugar común es una condición de posibilidad para el pase en el sentido en que el dispositivo implica que el passeur[10] esté, él también, en el pase. Este “él también” sólo se sostiene porque se trata del sujeto como tal, de su paradójica instauración/destitución, tanto para el passeur como para el pasante. Acabo de hablar del “sujeto analizante”. El tiempo del pase es ese momento en el que esta denominación resulta ser abusiva. ¿Qué es un “cliente” –para decirlo así, al empezar– para un analista lacaniano? ¿Es acaso un psicoanalizante? Sí, desde luego, descriptivamente. Pero no fundamentalmente. Esencialmente se trata de un sujeto, y desde el punto de vista de la subjetividad, “analizante” no vale más que “analizado”, o incluso, que el horroroso “paciente”. El corte está ahí de entrada como antípoda a la destitución subjetiva: si pido un análisis a un lacaniano, él me recibe como sujeto, como sujeto hablante. Por supuesto, no necesita decírmelo para que así sea. Esto también puede darse a entender en la formulación de la regla fundamental, aquella que Lacan redefine en el momento de la Proposición[11] al decir que se trata de invitar al sujeto a que abdique, que se aboque “a la deriva del lenguaje”. La regla se dirige al sujeto como tal en la medida en que instaura la prueba de su “propia renuncia”. “Analizante”, en efecto, es un predicado. Ahora bien, en ese momento del pase, se trata del sujeto como tal, en tanto debe situarse más acá/más allá de cualquier predicación. Esto no es fácil de captar. Nos falta, para aproximarlo, extraer la subjetividad como tal, en tanto distinta de la predicación; ésta interviene como operando un cierre de la cuestión de la subjetividad. Todo el trabajo del seminario L’acte psychanalytique muestra cómo la subjetividad funda la predicación. Lacan se basa en un esquema de Pierce para hacerlo valer. Este es el esquema:Sujeto que funcionacomo no estando jamásmás que representado Privilegiado por U Excluido por PExcluido por U Privilegiado por P Sujeto que funciona como excluido En este esquema, Pierce sustenta al sujeto en el trazo, y al predicado en el carácter “vertical”. Es una elección, una elección que tiene consecuencias, consecuencias que sólo pueden aparecer por el hecho de la transliteración en otra escritura (la del esquema) de la notación, ya clásica desde Aristóteles, de la lógica de los predicados. Esta lógica distingue cuatro grandes modos de proposiciones:U.A.: Universal afirmativa: todo trazo es verticalU.N.: Universal negativa: todo trazo es no verticalP.A.: Particular afirmativa: algún trazo es verticalP.N.: Particular negativa: algún trazo no es verticalQueda claro que tenemos:- UA verdadero en ab- UN verdadero en bd- PA verdadero en ac- PN verdadero en cd Así, la universal privilegia b y excluye c, la diversidad. La particular privilegia c y excluye b, el no-hay-trazo.El interés de esta transliteración (análoga a aquélla de la cadena L, ya que se juega allí un mismo efecto de reagrupamiento: a una proposición le corresponden aquí dos casillas) es que revela ese privilegio y esa exclusión.- A nivel de la particularidad la exclusión del no-hay-trazo nos permite entender cómo se pudo admitir tan fácilmente que la particularidad implicaba la existencia. - A nivel de la universalidad, que es lo que nos interesa en principio porque no podemos hablar del sujeto como tal más que universalmente, el privilegio otorgado en “b” a ese no-hay-trazo nos indica que es justamente ahí, antes que nada, que se trata del sujeto. De ahí la traducción que se desprende de esta transliteración: todo trazo es vertical equivale a: ahí donde no hay trazo vertical, no hay trazo. Vemos así, diacrónicamente, cómo la elección de Pierce de encarnar al sujeto mediante el trazo queda cuestionada por el simple desarrollo de sus consecuencias. Al representar al sujeto, se termina debiendo constatar que el sujeto no es jamás más que representado. Este procedimiento es ejemplar de lo que aquí nombraremos un proceso, de lo que se puede esperar de un proceso en la medida en que está logificado. Del mismo modo, el analizante emprende el proceso de su análisis eligiendo abdicar como sujeto; puede esperar entonces de esta abdicación su instauración como sujeto, dicho de otro modo, su destitución subjetiva. También vemos cómo, sincrónicamente, la predicación encubre el trazo; cómo sólo el pasaje a lo universal puede hacer valer el no-hay-trazo; dicho de otro modo, el sujeto en tanto que no es jamás más que representado. La lectura de Lacan destaca que un vector atraviesa el esquema de Pierce; propiamente hablando, lo barra. Este vector c → b va del sujeto funcionando como excluido al sujeto como no siendo jamás más que representado. Este último punto es el punto umbilical del esquema de Pierce, el lugar donde se revela agujereado (agujero que él inscribe desconociéndolo cuando traza el cuadrado que enmarca el esquema).A la tesis según la cual el sujeto no se instaura más que como destituido, se suma entonces esta otra: el sujeto puede funcionar como excluido.Que el momento del pase pueda constituirse como lugar común se debe al hecho de que, en ese momento, el sujeto es tomado universalmente, tomado en tanto no siendo más que representado. Ahora bien, el saber de este momento nos importa, nos importa tanto más cuanto que lleva al saber a su punto de incandescencia: “la única cosa que sea verdaderamente digna de ser articulada en el saber, es, a saber, la universal afirmativa” (L’acte psychanalytique, seminario del 6 de marzo de 1968). Este saber, en el pase, es del sujeto como no estando excluido. Es una figura muy específica, local, del saber; y tanto más difícil de especificar cuanto que la teoría está hecha para enmascararla. No fue inocentemente que evocamos aquí al principio el “gran chitón” e introdujimos el término “forclusión”. Las articulaciones de saberes que operan una exclusión del sujeto son variadas. Tenemos un ejemplo con la atribución en lógica; toda la clínica analítica podría ser ubicada bajo este rubro –de ahí el estatuto, notable por ser excepcional, de una clínica del pase–. No se trata simplemente con el análisis de una distinta y mejor articulación de esos saberes que excluyen al sujeto; tampoco se trata solamente de volver conscientes o inoperantes estos saberes en cuanto a sus alcances sintomáticos; se trata, más ambiciosamente, de una “conversión en la posición que proviene del sujeto en cuanto a su relación con el saber” (L’acte psychanalytique, seminario del 22 de noviembre de 1967). Esta conversión es la subversión del sujeto.No es porque hemos hablado de exclusión del sujeto que nos hace falta concebir esta conversión como un pasaje a una positividad al fin adquirida, como el acceso a un saber absoluto. Hace ya un buen rato, en 1967, que Lacan ha tomado sus distancias con Hegel. Y es que se trata del sujeto, y si este sujeto cartesiano no es más que lo que se dice que es, a saber, representado, entonces su estatuto es el del no-sujeto. El sujeto es hypokeimenon y no ousia; el no-sujeto es el sujeto mismo; esto da cuenta de por qué su instauración no puede ser más que su destitución. El saber inconsciente, como una de las modalidades del saber que excluye al sujeto, nos interesa, desde luego, de una manera muy especial. Lo que caracteriza al significante reprimido, aquél que retorna (y fuera de este retorno cabe prohibirse hablar de represión, en todo caso en el sentido de la represión secundaria), es que no representa al sujeto para otro significante, aún cuando se articule con otro significante (L’acte psychanalytique, seminario del 17 de enero de 1968). Esta observación presenta la teoría lacaniana de la represión. Ahí donde hay represión, hay un saber sin verdad y, por lo tanto, una incidencia notable de la verdad (cfr. la neurosis definida por Lacan como “caso de verdad”), de una verdad entonces concebida como lo que resiste (sí, “resiste” –la verdad está del lado de la resistencia–) a la operación del saber que hace al sujeto. ¿Qué quiere decir, a partir de ahí, de la represión, del inconsciente tomado como saber, “subversión del sujeto”? ¿Qué puede ser la “conversión” de la relación del sujeto al saber? Respondemos diciendo que no nos es posible, precisamente hoy en día, partir solamente de ahí. Ya no estamos en la época en que la transferencia hacía su entrada secundariamente en el análisis. Hemos aprendido que no hay represión constituida sin que ésta sostenga, correlativamente, la función del sujeto supuesto saber. Al suplementar así la cuestión freudiana al mismo tiempo la desplazamos (se trata de una metonimia: el “no todo” tomado por la parte). Más bien partimos precisamente de lo que Lacan llama “distribución” del efecto de sujeto, lo que quiere decir que partimos ya, no tan solo de la neurosis sino simultáneamente del deseo del analista. Si, en el inconsciente, el saber permanece aislado del sujeto, la realización significante de este saber no deja de “intimar”[12] (L’acte psychanalytique, seminario del 20 de marzo de 1968) con una “revelación de la fantasía”. En eso consiste la distribución: por un lado, están los significantes articulados entre sí, pero desenganchados del sujeto, no haciendo S1 → S2; por otro lado, está la inscripción del sujeto, en su fantasía, a nivel del objeto. Como tal, esta distribución (que corresponde al esquema llamado “de la alienación” introducido en el seminario La logique du fantasme y continuado en L’acte analytique y que da por lo tanto su soporte de escritura a la Proposición) es el efecto de sujeto. No puedo estudiar adecuadamente aquí la forma como Lacan ubica la Urverdrangung[13] en La logique du fantasme. Contentémonos con notar que, en lo que hace al cierre de un análisis, encontramos los mismos elementos que permiten precisar el carácter de excepción de la represión originaria (por lo que dichos elementos se benefician, en este caso, de una definición igualmente excepcional). Es posible observar que este cierre es, en Lacan, nada menos que una manera de hacer reintervenir la represión originaria, aunque de otro modo, en sentido contrario a su efecto inicial de fundación de la posibilidad de la represión secundaria.La represión originaria constituye al sujeto al nivel del objeto. El objeto a es la figura primaria de la subjetividad –pero de la subjetividad en tanto que excluida–. Es a propósito del posicionamiento de la subjetividad a nivel del objeto a, que Lacan plantea por primera vez el término “des-ser” [désêtre] (el 11 de enero de 1967). Pequeño a [objeto a minúscula] es la sustancia del sujeto, pero justamente en esto: que esta sustancia no puede de ningún modo serle atribuída (12 de abril de 1967).Incluso, una vez congelado en la fantasía, el objeto a no puede ser llamado el sujeto. En este sentido, la fórmula $¯a puede revelarse como fuente de un error; el objeto a, en la fantasía, no divide verdaderamente al sujeto.Una vez destacado el “ámbito del sujeto”( 15 de marzo de 1967), Lacan puede poner los puntos sobre las íes con respecto a esa fórmula de la fantasía y, así como reconoce entonces el error que ha sido “el ello habla”, destaca también que “el yo [je] como tal está precisamente excluido de la fantasía” (siempre el 11 de enero de 1967); esta es su manera de retomar y situar la exclusión, localizada por Freud, del “Yo soy golpeada por el padre” [Je suis battue par le père] (porque la exclusión del yo conlleva con ella la del conjunto de la proposición).Un psicoanálisis no es la operación que daría su sustancia de a minúscula al sujeto; el análisis, en tanto hace acto, da su sustancia de a minúscula al psicoanalista y, por eso, instaura al sujeto como tal, es decir, como destituido.De ahí que la cuestión que opera en el pase no es la de la identificación con el psicoanalista, sino la de la identificación del psicoanalista, del psicoanalista cuya definición es a partir de este momento la siguiente: un sujeto para quien es realizado “el nuevo estatuto del sujeto que implica el objeto freudiano”(1 de enero de 1967).Si a minúscula es la primera Bedeutung[14] del sujeto, si el comienzo de la subjetivación está en el “yo no soy” informulable pero sin embargo designable como “des-ser” [désêtre], y si hacer de esta referencia el objeto de una atribución está excluido para siempre, no queda otra posibilidad, en cuanto a la subjetivación, en cuanto al engendramiento del sujeto, sino la de efectuar esta exclusión de a como referencia. Así, la subjetivación no puede ser más que de, más que desubjetivación, más que destitución subjetiva estrictamente correlativa al “des-ser” [désêtre] del objeto en A. Esta efectuación, como la nombro, esta efectuación que es la de la transferencia, es eso por lo cual el sujeto accede al no-todo (y especialmente al no-todo saber que funda el estatuto del saber como invención) – pues el todo no hallaría su consistencia más que en este objeto, en tanto no afectado de “des-ser” [désêtre]. Para concluir, interroguemos otro punto: en ese momento del pase, ¿cuál es la relación del sujeto con el saber o, aún más precisamente, con la articulación del saber y la verdad? Elijo este punto porque nos va a dejar palpar un rasgo susceptible de permitirnos distinguir, aún cuando ambos se encuentran en el pase, la posición del passeur y la del pasante.Ya hemos ubicado algunos puntos de referencia con respecto a esa relación del sujeto con el saber; mismos que resultan suficientemente articulados como para que podamos plantear ahora que esta relación, en Lacan, y especialmente en este tiempo de su recorrido que sustenta a la Proposición, está sectorizada. El gradiente mismo consiste en que es la operación del saber la que hace al sujeto. La subjetivación es un proceso de re-inscripción que vale como conversión. El sujeto está en principio inscripto como “des-ser” [désêtre] a nivel del objeto a; este punto de partida implica que uno admita que [aquello] “de lo que hablan los seres vivos no los determina como sujetos” (La logique du fantasme, 16 de noviembre de 1966). Que haya vectorización quiere decir que no hay ninguna connivencia –contrariamente a lo que sugiere la estética– entre subjetividad e inmediatez. A raíz del análisis esta primera inscripción en hueco de la subjetividad queda efectuada, pero en el lugar del Otro, en la medida que este “des-ser” [désêtre] del objeto causa del deseo acuña ahí esta figura ficticia y sin embargo extraordinariamente impositiva del sujeto supuesto saber. Entonces se instaura la subjetividad pero como destituida, dividida por el objeto rechazado. A raíz de este rechazo, el sujeto no puede igualarse a sí mismo más que a nivel del no-todo, del no-todo saber, de la impotencia de saber, dice incluso Lacan.Es ahora o nunca el momento de dar a la impotencia su valor positivo; la impotencia no es “no poder”, sino “poder no”. El “poder no” está aquí en su lugar. Notemos que no hay acceso a ese “poder no” a menos que haya una disolución efectiva de la oposición saber/verdad. Mientras la verdad resiste a la operación del saber, mientras una verdad es supuesta, queda supuestamente sabida por algún sujeto, la relación del sujeto con el saber no puede efectuarse en el “no-todo”. Aquí vemos cuán riguroso es Lacan cuando plantea la verdad como resistencia. Vamos a poder, con esta disolución de la relación saber/verdad como correlativa a la instauración de la subjetividad, diferenciar la posición del passeur y la del pasante. Esta distinción nos importa por más de una razón, pero también porque define los límites entre los cuales hay solución de continuidad y que son eso a partir de lo cual Lacan define el pase del lado del pasante como un salto. (Cabría retomar aquí, a propósito del salto, las reflexiones de un Kierkegaard; no puedo hacerlo en este momento).Digamos pues, en una fórmula, que en este momento de disolución de la relación saber/verdad, esta disolución se realiza para el que está en el pase (y por lo tanto es posiblemente passeur) en provecho de la verdad, pero de una verdad que él es; mientras que para el pasante, que es el que efectúa el salto, el que “levanta el guante”, “retoma la antorcha”(L’acte psychanalytique, sesión del 10 de enero de 1968), esta disolución adviene en provecho del saber.Hay pues esta disparidad entre passeur y pasante. De esto resulta que, en efecto, es posible e incluso deseable una nominación del pasante, puesto que un saber inédito sobre el didáctico es como tal articulable por el pasante y esto vale ser ratificado. En cambio, el término “passeur” no es un título ni designar un passeur es nombrar. “Passeur” es el nombre de una función de la cual un sujeto, en ciertas condiciones, puede hacerse el argumento: la verdad, aunque presentificada en un ser, es innombrable; es suficiente con que hable.Quien está en el pase no sabe, como tal, qué “des-ser” [désêtre] ha acuñado en su analista el objeto a soporte del sujeto supuesto saber. Él mismo es esta verdad incurable que ha alcanzado no sin saberlo pero sin embargo no sabiéndola. Que la haya alcanzado no sin saberlo quiere decir aquí que es la operación del saber la que lo ha producido, a él, como siendo esta verdad. El pasante sí sabe en qué se ha convertido su analista. Lo sabe por su posición de pasante a analista, porque vuelve a instalar ese estar en vilo [porte-à-faux[15]] del sujeto supuesto saber para un analizante.Cerremos acerca de este estar en vilo [porte-à-faux]; hay que tomarlo al pie de la letra: es a lo falso que lleva el análisis; no al mentir-verdadero caro a Aragon, sino al hablar-falso. Este hablar no sostiene a la palabra, sino al lenguaje. El lenguaje está “mal hecho”[16], le decía Lacan a un lógico; más o menos virtuosos, nosotros tecleamos ciertamente pero sobre un instrumento desafinado. El acto analítico como finta del sujeto supuesto saber bien puede ser calificado de estafa –como la poesía, precisaba Lacan; esta estafa da justo en el blanco en cuanto a la instauración de la subjetividad. Lo justo no es lo verdadero; porque el lenguaje está mal hecho, lo justo es precisamente que la enunciación del deseo –Lacan lo formulaba en febrero de 1968– no puede jamás estar en mejores condiciones que la de la mentira.