De Lacan me burlo [1]
Conferencia pronunciada en el gran anfiteatro de la Sorbona, en ocasión de la celebración del centenario del nacimiento de Jacques Lacan. Intervenciones de Markos Zafiropoulos, Paul-Laurent Hassoun, André Green, Georges Lanteri-Laura.
“Hay un estilo noble del pensamiento, que los psicólogos niegan” [2]. Me burlo de Lacan, y siempre me burlé, cierto que de maneras distintas Invitado por Markos Zafiropoulos a venir aquí a traer un testimonio de un asunto con Lacan que lleva ahora cuarenta años y algunas dos mil páginas publicadas, esta declaración me aparece, en el tiempo presente, como la más justa para decirles. En algunos párrafos, me propongo declinarla. En donde a casi todos les importa un bledoSería fácil, pero sin embargo erróneo, abrigarme detrás de Lacan para esclarecer ese “no me importa”. Lacan volvió tan difícil el acceso a su recorrido, el precio de ese acceso tan caro en tiempo, en energía, en cogitaciones, la apuesta personal tan inevitable, que la solución más simple y quizá la más sabia, en relación a él, es despreocuparse. Ese fue el caso de grandes nombres de la intelligentsia, de personas que, sin embargo, lo frecuentaron, incluso fueron sus amigos más próximos. Henry Ey, Claude Lévi-Strauss, Roman Jakobson, Michel Foucault, fueron de aquellos que, temprano o más tarde, decidieron no preocuparse o no preocuparse más por el recorrido de Lacan. Y se dice que cuando acababa de recibir los Escritos, después de haberlos hojeado, Martin Heidegger declara: «El psiquiatra necesita un psiquiatra ».
Nada más verdadero; simplemente Heidegger no sabía, sin duda, que formulaba así una de esas proposiciones universales afirmativas susceptibles de diferenciar psiquiatría y psicoanálisis – presentándose el psicoanálisis como una psiquiatría en donde se admite, precisamente, que el psiquiatra necesita un psiquiatra (lo que, púdicamente, se llama el didáctico), en donde no hay, dicho de otro modo, de un lado un enfermo, del otro un médico. Todos enfermos, incluso todos locos, conforme a la frase de Pascal que da su apertura a la primera edición de la Historia de la locura en la época clásica[3] de Michel Foucault:
Los hombres están tan necesariamente locos que sería estar loco con otro género de locura, no estar loco.
En cuanto a los que no se apartan así de Lacan, sobre todo buen número de “lacanianos”, también ellos tienen sus maneras de que él no les importe [4], y mucho menos juiciosas. Al punto que no hace falta ir de demasiado lejos para obtener, veinte años después de la muerte de Lacan, el número de los trabajos consecuentes.
Pero Markos Zafiropoulos me pidió un testimonio, no un análisis de la forma en la cual se presenta, hoy, el acogimiento reservado a Lacan. Se trata de decirles cómo no son ni una ni otra de esas dos figuras que acabo rápidamente de esbozar las que caracterizan mis maneras, históricamente desplegables, de que Lacan no me importe.Sin que sea sin rudeza, tomemos el problema en su radicalidad.
En donde Lacan se burlaba de sí mismoEn 1968, Lacan reformulaba así su famoso Wo es war, soll Ich werden freudiano, autorizándose, en esa ocasión, a transformar el soll en muss [5]:
Wo $ tat, y me permitirán escribir ese "Es"con la letra barrada, allí donde el significante trataba (en el doble sentido de cesar y de estar apunto de actuar), no "soll Ich werden" sino "muss Ich", yo que actúo, yo que […] lanzo en el mundo esa cosa a la que uno podrá dirigirse como a una razón, muss Ich pequeño a werden, yo, de lo que introduzco como nuevo orden en el mundo, debo devenir el desecho. [6]
[Wo Es tat, et vous permettrez ce de l’écrire de la lettre ici barrée, là où le signifiant agissait (au double sens où il vient de cesser et où il allait juste agir), non point soll Ich werden, mais muss Ich, moi qui agis, moi qui […] lance dans le monde cette chose à quoi on pourra s’adresser comme à une raison, muss Ich petit a werden, moi, de ce que j’introduis comme nouvel ordre dans le monde, je dois devenir le déchet .]
Producirse así como el desecho de su acto, ¿no es burlarse de sí mismo y, agregaría, de forma inaudita? Haría falta, para intentar sino encontrar, al menos percibir ese punto, poder dejarse alcanzar, por ejemplo por esa paradojal realización de sí en donde el hinduista, escapando al fin al ciclo de las reencarnaciones, adviene como Brahmâ, o por el rechazo de Sócrates de escaparse (siendo que estaba invitado a eso y que tenía la posibilidad) de esa prisión donde la muerte, algunas horas más tarde, lo esperaba, o por el testamento de Sade, o por la liquidación (erledigen) de Theodor Lessing el 30 de agosto de 1933, o por el cuerpo del poeta Pasolini, echado, muerto sobre un montón de basura[7]. Muy bien podría ser que rendir homenaje a la obra de Lacan fuese, ya por sí sólo, un sesgo por el cual nos aseguraríamos de jamás encontrar a Lacan en ese punto en donde, según su palabra, él “décharitait » [8]. ¿No nos las tenemos que ver ahí con una muy extraña “preocupación de sí” (epimeleia heautou) [9] ?
En donde hay algo que me importaLacan no me importa y, agregaría, tampoco el psicoanálisis, porque hay algo que sí me importa, esto desde mi poco tierna infancia, y es la locura.
“Circunstancias obligan”, se dice. La locura es la razón de mi presencia aquí, una razón que ciertamente se me escapa. Porque hago mía una declaración escrita e inédita de Lacan en la última década de su vida, una declaración en forma de cogito: “(…) se trata de mí, luego me engaño”.
Parece muy verosímil que nuestros pobres discursos resbalan sobre la locura como el agua sobre las plumas de un pato; muchas cosas lo dan a entender. Los “profesionales de la salud”, ¿tratan o maltratan la locura? ¿Somos aprendices de brujos? Pensaría mal de la práctica de alguien para quien esta pregunta estuviese excluida del campo de sus preocupaciones [10].
Es una manera de interesarse en Freud, en Lacan, en la psiquiatría, en el psicoanálisis, que equivale a comportarse como un ebanista que, en lugar de hacer sus muebles, pasara su tiempo en estudiar o afilar sus herramientas. No era el caso de Lacan quien, sin embargo, a sus matemas, los requintaba.
En donde mi declaración aparece como no recíprocaYo me burlo de Lacan. Escuchen que esta aserción no es recíproca: Lacan no se burló de mí. Quizá él se burló de no poca gente, eso se dice, y no sé nada sobre eso, pero no de mí; es un hecho, un hecho que les digo.
¿Cómo no se burló de mí? Haciéndose, por mi demanda, mi psicoanalista. ¿Cómo se las arregló ahí?. Por intermedio de dos o tres cositas, oh! no grandes cosas, pero una cosa sobre todo, muy tonta para decirla: él me sonrió, él me hizo el don de una sonrisa, que, por ser de artificio, no era menos sincera (Ferenczi). Una sonrisa como pharmakon no es la clase de tratamiento que la industria del medicamento podría, frotándose las manos, lanzar al mercado.
¿Tenía miedo de esa sonrisa? Sin duda, porque me habrá hecho falta, antes de ir a pedirle su ayuda, dirigirme a uno de sus lugartenientes, un un lugar-teniente (quedando Lacan para mí como lo que Conrad Stein ha llamado muy ajustadamente mi “psicoanalista de elección”). En la sala de espera de ese personaje bastante conocido en esa época, había un piano de cola; sobre ese piano había un pequeño florero y, en él, una rosa, no exactamente roja, pero toda una rosa. Su nombre, por otro lado, y me di cuenta de eso sólo cuando preparaba esta exposición, comenzaba por la sílaba “rosa”. Pero esta rosa que me miraba mientras esperaba, nunca mucho tiempo, la hora de mi sesión, estaba siempre fresca. ¿Se dan cuenta? siempre, siempre, siempre fresca. Ni una vez ella se me apareció como no viniendo de estar recién cortada. Este alumno de Lacan era un psiquiatra-psicoanalista, pero también un pensador cultivado, aplicado, serio, a veces brillante. Brillante como su rosa siempre fresca. Porque tal es el régimen normal del pensamiento, es decir homosexualmente normalizado[11], reconocido desde Platón,: una rosa nunca expuesta a marchitarse: “Sólo la rosa es lo bastante frágil para expresar la eternidad” [12], escribe el poeta. Y tal será esa suerte de inmortalidad en la que “Lacan” resbalará si se llega a hacer creer que existe un pensamiento Lacan. Cuando, un día, pude al fin darme cuenta del horror que vehiculizaba ese semblante de eternidad, [13] no tuve otra opción que volverme hacia aquel de quien todavía no sabía que iba a sonreírme.
En donde el analizante se burla de su psicoanalistaMás que nunca entonces, me burlé de él. Exactamente como el analizante se burla no poco (pas mal) de su psicoanalista. Sí: “no poco” (“pas mal”), el equívoco aquí es bienvenido, porque es a justo título que el analizante se burla de toda una serie de acontecimientos que pueden sobrevenir en la vida de su psicoanalista. Piensen cuanto nos reímos de cantidad de acontecimientos, felices o dramáticos, en nuestra puesta en marcha de lo que Powys llama “el arte de evitar el displacer”.
El psicoanálisis es portador de un término hecho justamente para designar ese punto en el que el analizante se burla de su psicoanalista. Se llama transferencia. Curiosamente, en el tan cargado y amplio programa de esas novenas jornadas psiquiátricas, en donde casi todos los problemas son abordados, buscamos en vano la aparición del término “transferencia”. He aquí un hecho, enorme si los hay: en el momento, en resumen, exaltante para quien supiera apropiarse de él, en el que la psiquiatría no tiene otra elección que refundarse y el psiquiatra otra solución que repensar de la A a la Z su práctica, he aquí que lo que hace el tenor de esa práctica, se lo admita o no, se encuentra ausente del campo de sus preocupaciones.La consistencia e incluso la “gracia de la transferencia” [14] consiste en que el analizante pueda burlarse de su analista. Los analistas lo han comprendido bien, quienes, espontáneamente son llevados a responder: “Pero no, usted sabe bien que esta persona que dice y me imputa, no soy yo”, testimoniando así que están entonces habitados por el sentimiento de que la transferencia se burla de ellos. El analista como tal no es tampoco el sujeto supuesto saber. Pero, justamente, por tener esa respuesta valor de desistimiento, felizmente, hay analistas para sostener que ella no conviene; y sin duda André Green, de quien saludo la presencia a mi lado, André Green a quien debemos uno de los artículos peor planteados sobre el objeto pequeño a[15], y, más recientemente, la elección de un autor incompetente para dar cuenta de la corriente lacaniana en su panorama de las grandes corrientes del psicoanálisis contemporáneo, sin duda André Green es uno de ellos. Dicho de otra manera la acogida de la transferencia equivale a dirigir, en acto, al analizante, algo como un: “Continúe, en esta zambullida transferencial, burlándose resueltamente de mí, porque es la única posibilidad, esa transferencia, de rizarla”.
Contra-ejemplo: mi psicoanalista con la rosa siempre fresca. No era cuestión de poder reírse de él, de su relación a una muerte (re) cubierta de excremento [16].
En donde me río del pensamiento LacanPero ¿por qué me dirigí a Lacan, específicamente a él? ¿Fue porque era un pensador? Puedo admitir que se pueda transferir un tiempo sobre una rosa siempre fresca, pero no era mi caso. La locura con la cual me las tenía que ver era suficientemente “razonante”, según el tan justo vocablo de Sérieux y Capgras, como para que estuviese advertido de que no era pensando, pensándola (aunque ese pensador fuese Lacan), que podía abrirse una chance de que ella me deje un poquito en paz.
Lacan se burlaba del pensamiento. Escribía “l’appensée” [17], o incluso, anagramáticamente, en vez de “philosophie”, “foliesophie” [18]. Admitiendo, con Freud, que el pensamiento funcionaba como censura (ciertamente Freud no pide a su paciente que le diga lo que piensa, sino, lo que es muy diferente, que le diga lo que le viene al espíritu), Lacan jugaba con las letras de ese pensamiento-censura, obteniendo así el término “censée-pensure” [19]. No ignoraba tampoco lo que indicaba el poeta cantando: “Cuando pienso en Fernanda, se me para, se me para”[20]. No, Lacan no era un pensador, menos todavía el constructor de un “sistema de pensamiento” como Élisabeth Roudinesco lo machaca. Y ciertamente no fue a ese título que me dirigí a él.
Conjeturaba, dicho de otra forma, que se trataba, con Lacan, más que de pensamientos, de lo que Foucault escribirá a propósito de Différence et répétition de Deleuze[21]:
Retengamos bien sobre todo el gran vuelco de los valores de la luz: el pensamiento ya no es una mirada abierta sobre formas claras y bien fijadas en su identidad; él es gesto, salto, danza, traspié extremo, oscuridad violenta. Es el fin de la filosofía (la de la representación). Incipit philosophia (la de la diferencia).En el campo freudiano, Lacan no era él único que tenía al pensamiento por sospechoso (al suyo, por supuesto que también). Que alcance aquí con convocar a Winnicott quien, en un artículo con razón famoso situaba el “yo pienso” cartesiano como un defecto de desarrollo. [22] ¿Cuántas sesiones analíticas se vuelven largamente vanas por el hecho de que el analizante no puede hacer otra cosa que pensar?
En donde mi “me río” habrá funcionado Me dirigí a Lacan, justamente, como alguien del cual era posible que me ríese. No se encuentra en todas las esquinas, alguien de esa calaña. Porque una cosa es reírse de alguien, otra cosa reírse de ese alguien con él o, al menos, no sin él. Acabo de decirles mi definición del psicoanalista. ¿Cómo supe, con 23 años, que Lacan era de esa factura? Decírselos nos permitirá quizá ver de más cerca lo que denota, a mis ojos al menos, el nombre Jacques Lacan.Nada asegura que esa cosa denotada pueda tener la menor existencia después de la muerte de Jacques Lacan, ocurrida hace veinte años. Nada asegura que todo lo que ponemos bajo el nombre de Lacan no sea absolutamente inoperante por la razón de que eso no podría tener lugar sino con Lacan vivo. La ferocidad (es la palabra) destructora con la cual algunos se dedican a malversar esa enseñanza de Lacan que pretenden sostener haciéndola caer en una pastoral social, en una religión, en una medicina, es hoy tan patente que cuesta no plantearse la pregunta por una carencia radical de toda prolongación posible de esa enseñanza después de la muerte de Lacan.
En donde eso de lo cual me río está en tercera personaMi relación a Lacan tuvo, tomándola en su hilo histórico, la marca de tres “se dice”. Al “se dice”, si lo prefieren, llámenlo: rumor público, o chusmerío, o reputación; prefiero se dice a causa del alcance subjetivante de esa expresión en Marguerite Duras (vean El Vice -Cónsul, o El arrebato de Lol V. Stein, o India song).
Primer se dice: escuché hablar de Lacan antes de escucharlo a él e incluso antes de leer alguno de sus textos. Lacan fue para mí ante todo un rumor, vehiculizado en un hospital psiquiátrico, por un médico jefe ocupado en ese entonces en que sus enfermos pudiesen disponer para comer, como cualquiera en fin,, de tenedores y cuchillos.
Quizá Lacan no es otra cosa que un se dice. En primera instancia, ¡eso no estaría tan mal! Conforme a ese efecto reconocido del rumor, habrá tenido éxito en hacer “charlar”, o hablar, en primer lugar a través de un número bastante grande de analizantes. Y entonces, ese rumor hospitalario me habrá hecho hablar sobre su diván.
Ocurrió que ese tiempo en donde, transferencialmente lo incorporaba en esa intimidad mía que se encontraba ampliamente fuera de mí, debía desembocar sobre un segundo se dice, el de mi pase. “Pase” es la palabra, en ciertos aspectos engañosa (porque se trata de un impasse: no se sale de la inexistencia del Otro), con la cual Lacan designa el único dispositivo susceptible, para él, de ratificar el hecho de que habrá habido análisis efectivo. Estaba construido, no por azar, sobre el modelo del chiste freudiano, e implicaba la existencia de una escuela.
Este pase, volviendo localmente público mi análisis con Lacan, realizaba otra relación a él que la precedentemente instaurada, otra forma de reírme de él. ¿Cuál?. Aquella en donde me situaba como habiéndolo dejado caer. ¿Qué había devenido, en ese momento, para mí y algunos otros que estaban en el asunto, el rumor Lacan? Era… ah! No es fácil de decir, las palabras faltan. Era él, mi analista, habiéndose inscripto de una cierta forma en mi asunto. Dos pasadores vehiculizaban ese rumor a otros a quienes debía alcanzar, si pase había.Luego hubo un tercer se dice, largamente inesperado a decir verdad, el que hace que hoy en día “Lacan” sea el nombre de un recorrido, de un acontecimiento, o de algunos y pocos acontecimientos [23], que digo (que no soy el único en decir, pero que con otros digo). Lacan depende desde entonces de lo que digamos que ha dicho o hecho. Su nombre puede ser también el de las consecuencias que saquemos de él. Porque las huellas mismas que ha dejado (sus seminarios) dependen más que nunca, de lo que algunos, con Jacques-Alain Miller y según su recentísima proposición, hacen y harán con ellas.
Se tendría casi la impresión, en relación al primer se dice, que un rizo está rizado. Acá estoy en el lugar (pero no exactamente el mismo, porque nadie, a mi parecer, podrá ir a demandar un análisis a Lacan, porque Lacan está muerto) del que me hablaba de Lacan. Es mi turno, de alguna manera (quizá sea prestidigitación), de hablarles de él.¿Estoy seguro, haciendo eso, de que no sea una última forma de reírme de él? !Para nada¡ Por ejemplo, ese gesto, al que me consagro, de introducción en el campo freudiano de los estudios gays y lesbianos (los que vienen a trastornar el saber freudiano en algunos de sus puntos clave) es, como lo pretendo, isomorfo al suyo en relación a la antipsiquiatría? No podría estar convencido.
Pero aquí también interviene su “descaridad” (“décharite »). Vale como un soplo de aire para el psicoanálisis, como el que Freud no habrá sabido dar a sus sucesores (donde se confirma la fórmula de Lacan en 1963: el retorno a Freud es un “retorno a lo que falta en Freud”). Y la posibilidad de que me burle de él aparece de pronto como la condición y la medida misma de mi propia responsabilidad.
Un loco, un día, va a ver a su psiquiatra.
- Hay -le dice con el tono seguro de alguien que sabe de qué habla-, mil maneras de tratar la locura, pero una sola es la buena.
- Ah bueno -interroga el psiquiatra sorprendido-, ¿cuál?
- ¡Yo sabía, responde el loco, que usted no sabía!
Bueno. Si hay algo de lo que no me río, algo sobre lo cual Lacan estaba reglado en su relación a la locura (pero esta posición no es absolutamente excepcional, no lo es sino relativamente), algo que lo habitaba desde el inicio hasta el último final, digamos desde Marguerite Anzieu a James Joyce, era, permítanme que se los diga, lo que yo había escuchado en el rumor Lacan, a saber, que sabía, en su práctica, no saber. Más precisamente todavía, y todos sus seminarios y presentaciones de enfermos lo testimonian por igual, sabía no saber lo que Lacan pensaba. Sabía, y mucho, cuando eso se imponía, reírse, de Lacan.
Tal nos aparece el rasgo (einziger Zug) perfectamente ubicable igualmente en Freud y por la gracia del cual podía, legítimamente, reivindicarse freudiano.